Preguntados los jóvenes sobre la credibilidad y confianza que les daban 16 instituciones distintas, la primera fue la familia con más de 70% mientras que la Iglesia ocupaba la última (16º) con un 6% por debajo incluso que la política (15º).

Entre las razones que dan destacan:
* “es demasiado rica” (76%),
* se “mete demasiado en política” (64%),
* tiene “una postura anticuada sobre la vida sexual de la gente” (75%);
* “se mete demasiado en la vida de la gente diciéndole cómo tiene que vivir su vida” (63%),
* “dificulta con sus directrices disfrutar de la vida” (56%).

 

Se declaran católicos en un 53, 5% de los casos, aunque dicen que la religión “no tiene una gran influencia en sus vidas”.

El 62% no entra nunca o prácticamente nunca en una iglesia y sólo el 7% cumple con el precepto dominical de ir a misa.

Hay que subrayar que el estudio está basado en una muestra bastante amplia: 3.513 chicos y chicas entre 15 y 24 años y está elaborado por un equipo de importantes sociólogos dirigidos por Leoncio Fernández.

Desde hace años la Iglesia viene perdiendo importancia en la vida de los jóvenes. Sin embargo como Iglesia no sabemos cómo responder a este desafío.

Mejor dicho, intentamos reaccionar montando un escenario de “cartón piedra” como en las películas, juntando un montón de “extras”: jóvenes tradicionalistas y conservadores (del Opus Dei, de los Kikos, de Comunión y Liberación etc.…) y numerosos jóvenes de otros países para montar la “Jornada Mundial de la Juventud”.

Posiblemente en el mes de agosto, durante unos días, veremos a gran número de jóvenes en las calles de Madrid. La gran concentración tendrá amplia repercusión en los medios de comunicación. Por un momento tendremos la sensación de que somos capaces de convocar grandes multitudes.

Luego volveremos a la vida de cada día.

En nuestras parroquias y comunidades cristianas será difícil ver a algún joven. Como mucho los encontraremos en movimientos espiritualistas lejanos a un compromiso evangélico con la realidad de la sociedad en que viven.

Para tranquilizar nuestra conciencia seguiremos cargando las culpas sobre ellos: su superficialidad, su falta de compromiso…

El hecho es que la brecha entre los jóvenes y la Iglesia sigue creciendo día a día. Y buena parte de la culpa la tenemos nosotros como Iglesia. Nos cuesta escucharlos, no sabemos responder a sus interrogantes y no somos capaces de ofrecerles caminos que les entusiasmen.
No nos dejemos engañar por el “cartón piedra” de los actos masivos. Es difícil encontrar un lugar donde haya una pastoral juvenil que responda a sus inquietudes reales.

Una iglesia donde la “clientela” tiene cada vez más años no tiene mucho futuro. Y, sin embargo, si volviéramos al evangelio tal como lo presentó Jesús, tendríamos un mensaje atractivo que ofrecer.